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Familia, Escuela, Estado y Sociedad: La necesidad de reformular sus realidades

Cuando se habla de violencia, se habla de varios temas a la vez. Entre ellos, en general, se hace referencia a una incapacidad de comunicación, a la carencia de recursos para poder trascender o a la misma falta de límites y control. Pero además la violencia, reviste otro cuadro más profundo y es el de ser la muestra más representativa de una enfermedad generacional, que adquiere su forma y queda al descubierto.

La violencia existe porque estamos ante una sociedad, que no sabe decir no. Que no puede auto-limitarse y resulta incapaz, por ende, de auto-protegerse. Vivimos rodeados de un estado de anomia, donde las normativas -si bien están e intentan “ordenar”- quedan abandonadas y en desuso, simplemente porque no se respetan y cada vez son mayores los descontroles y las consecuencias.

Ejemplos de este tipo sobran. Alcanza con encender la TV, para darnos cuenta que en las escuelas hay niños con celulares que filman sus propios actos violentos; la muerte aguarda en cada esquina y la sociedad – mientras tanto- resulta violenta y violentada.

Nada de lo que ocurre es por casualidad. Familia, Escuela, Sociedad y Estado conforman un todo, en donde cada una de estas partes se encadena y retroalimenta, construyendo el camino por donde pasa el presente, con la consecuencia del pasado y a la espera del futuro. Y es ese todo, al que debemos rediseñar y repensar en cuanto a su razón de ser.

En principio, es preciso lograr una reingeniería de la familia, unidad básica de socialización y eslabón principal de una civilización. Y esto se logra a través de una nueva escuela para padres, en donde de una vez por todas se pueda reconocer que la paternidad no se agota en la simple génesis o amor, sino que exige una formación para ejecutar el rol. Educar a los padres es llevarlos a reconocer su espacio desde la función de sus roles y obligaciones. Un padre es ante todo un individuo con una responsabilidad, y ésa es la de educarse para poder luego poder educar a sus hijos y ayudarlos a caminar como guías atentos, para que también ellos por sí mismos puedan armar un proyecto de vida inspirador, el ser autónomos. Sujetos sin proyecto, son barcos a la deriva. Hombres sin sentido, son hombres perdidos y sin nada que perder. Qué importan entonces los valores, si ni siquiera cuento con ellos para mi vida.

En un segundo lugar, se encuentra la sociedad, epicentro y escenario en donde se representan los hombres perdidos y sus crisis. Lugar en el cual queda denunciada la anomia y la falta de principios que nos hacen personas. Allí emerge la enfermedad social, la violencia, la falta de orden, el estado de tensión propiamente dicho. La sociedad es la fotografía de lo que somos y de lo que demostramos al comportarnos. De ahí la necesidad de transformarla, de llevarla también a la instancia de la educación, porque una sociedad educada es una sociedad suscripta en valores, credibilidad, en ética y en una razón de vida que involucra a la persona y al otro. La sociedad también debe transcurrir por un proceso de transformación, por una reingeniería que la ayude a construirse bajo parámetros saludables, propios de un aprendizaje significativo.

Para esto es necesaria la “profesionalización” del docente en todos sus niveles para que el recrear valores, enseñar a aprender creativamente y formar en la disciplina científica vayan asociados a una docencia verdadera, desterrando la mediocridad, la inercia y el facilismo que son los más grandes males de esta época.

Luego, en la cuarta parte de este todo se halla el Estado. Nada más ni nada menos que la institución más importante de todas, el “padre” y el referente principal de la sociedad. El Estado es – en último instancia- el espacio en donde se edifican las bases, y de ahí la importancia que requiere su reingeniería para que se lo coloque desde su verdadero rol y como el actor social más relevante. Un Estado, es una gran empresa y por lo tanto debe equiparse con lo mejor, contar justamente con los más aptos para que éstos produzcan beneficios a la sociedad y de ésta a la familia. Un Estado debe prever garantías y obligaciones éticas y morales, tener autoridad para dirigir a los grupos y proponer un nuevo marco de acción en donde se privilegien los valores más importantes por los que la vida obtiene sentido.

Sólo así, a través de un Estado administrado y controlado por ejecutivos eficientes y excelentes – algo muy lejano en estos tiempos- y bajo una reingeniería social y familiar que rediseñe lo que está y proponga profundos cambios, podremos detener esta involución generacional, que venimos viéndola crecer desde hace más de cuarenta años, producto de viejas acciones equivocadas, que hoy se traducen en estas consecuencias patológicas que llamamos “actualidad”, pero que en realidad se tratan de viejas patologías, que arrastramos de forma generacional como una herencia que no podemos asumir. Para la Argentina del Siglo XXI, sólo nos queda detener el alud y producir algo nuevo, y esto implica darnos la oportunidad de cambiar, acción que se logra sólo con educación.

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